Familia: les narro un recuerdo que ocurrió hace….años. Yo era una moza de 16. Tenía una compañera en la prepa que a su vez tenía una hermana, que a su vez, pertenecía a un grupo de jóvenes que les gustaba el excursionismo. Me invitaron a las Grutas de Tolantóngo.
Bety que era el nombre de mi compañera le fue a pedir permiso a mi mamá que me cuidaba… bueno la neta cuidaba de que yo no fuera a caer en los brazos de algún pelafustán, y para asegurarse de tal cosa quien mejor guardián que mi querido hermano Alberto. Después de acordar que solamente viajaría con mi chaperón, nos “preparamos” para el viaje, lo pongo entre comillas porque ni mi chaperón ni yo sabíamos nada sobre excursionismo. Ni tampoco preguntamos. Por lo menos yo, solamente pensaba en que sería algo maravilloso era la primera vez que realizaba un viaje de esa naturaleza.
Se llegó el día. Salimos previas recomendaciones y bendiciones de nuestra señora madre. Llegamos a Ixmiquilpan y empezamos a caminar. No sé a quien se le ocurrió llevar los víveres, o una parte fundamental de ellos en una bolsa de mandado, la tal bolsa pasaba de uno a otro con la secreta esperanza de deshacerse de ella a la brevedad posible. Era la bolsa valiosa indeseable, porque al lugar que íbamos no había nada que comer, pues era un lugar despoblado.
A mi se ocurrió calzar unos zapatos de vestir casi nuevos, tenían un pequeño tacón y una correa. O sea muy “propios” para los kilómetros de terracería que me esperaban. Ese camino fue mudo testigo de todas las majaderías que me sabía y que yo repetía ente dientes, porque no le veía el fin. A los costumbrados excursionistas les parecía maravilloso, pero a mis pies y a mi nos parecía absolutamente tormentoso. Quien sabe de donde salió una camioneta pick-up destartalada pero que fue mi salvación o creo que la salvación de alguien más porque yo estaba a punto de extrangular a alguien. En algún momento dijeron ya llegamos y dije ¡al fin! ¡pero oh desilusión! En realidad estábamos al inicio de otro camino digno de los círculos del infierno de Dante.

Era una hondanada en forma de laberinto por la que teníamos que bajar pues en el fondo de ese laberinto nos esperaba el paraíso.
En algún círculo de ese camino dantesco la bolsa de mandado con los víveres cayó en manos de mi chaperón, era su turno. Caminábamos en fila india porque el camino no daba para más, era verdaderamente estrecho. En algún momento nos percatamos de que mi chaperón para ahorrar esfuerzo y energía calculaba que si la bolsa bajaba primero que él, ambos avanzarían más rápido. Así que lanzaba la bolsa al siguiente nivel del laberinto con tal tino en su afán ahorrativo a veces lograba que la bolsa bajara no sólo un nivel sino lograba que bajara dos niveles. En una de esos cálculos mientras la bolsa viajaba por los aires a su próximo destino, alguien le grita: ¡Noooo que no ves que ahí van nuestros huevos! Excuso decirles que de nuestros huevos solamente quedó un batidillo.
Realmente fue muy divertido, ahora que lo recuerdo me muero de risa.

El lugar era precioso, casi virgen.
Sólo los ignorantes como nosotros y los apasionados por el excursionismo como ellos, se aventuraban a aquellas grutas llenas de murciélagos, una caída de agua en la que perdí un zapato, pero que tenían un encanto que no podría describir con palabras. En otra ocasión les contaré el regreso, para que se diviertan un poco de estos excursionistas amateurs.
Vaya este recuerdo con mucho cariño para mi hermano querido. ALberto.

Rebeca.



